domingo, 3 de julio de 2011

Rendirse nunca



La vida es sabia y no da puntada sin hilo. Hay que saber ver las señales que te da. Si al salir de tu ducha mañanera cegado por restos de gel barato del Mercadona en los ojos coges el bote de espuma para acicalarte tus cuatro pelos y descubres que te has equivocado de bote y ahora tienes la cresta llena de espuma de afeitar es el momento de rendirse y volver a la cama. Podría ser peor, una vez me rocié los sobacos con laca. Lo siguiente será lavarme los dientes en silencio con Hemoal. Por mí me volvería al sobre pero tengo que currar y no creo que me den la baja por estupidez recalcitrante así que me pongo el uniforme y coloco la cafetera en el fuego. Mi metabolismo es más simple que yo y solo con oler el aroma del café me da un retortijón que me lleva de nuevo al baño a sujetarme las rodillas. Odio plantar pinos justo después de ducharme pero no me queda otra si no quiero tener que hacer una parada logística en la primera gasolinera de camino al curro. Mientras me despido de mi amigo sentado en la taza me leo por enésima vez el Rock de Luxe que tengo sobre el cesto de la ropa sucia. Hay dos clases de personas, los que evacuan con prisas y los que aprovechan el marrón para cultivar el intelecto con lo que pillen. Yo soy de los segundos. Me sé de carrerilla los ingredientes de mi dentífrico. No quiero aburriros con la lista pero que sepáis que su componente principal es el monofluorofosfato sódico. Me levanto del trono, quito la cafetera del fuego y enciendo el Mac. Nunca como nada en ayunas a no ser que esté resacoso y lleve dos días sin meterle nada sano al cuerpo. Hubo un tiempo lejano en que antes de salir de casa me comía una macedonia de frutas, una tostada y un zumito de naranja. Tenia el cutis más terso que la Preysler pero el resto de mi vida era un mierdón. Cualquier tiempo pasado fue mejor, por los cojones. No me queda azúcar pero ese es solo el quincuagésimo de mis problemas así que me pongo una pinta de café con hielo y me siento frente al ordenador a ver como va el mundo. Va de culo. Entre bombardeos, crisis y miserias varias descubro un titular escondido al que voy a agarrarme como a clavo ardiendo para motivarme al menos durante las próximas veinticuatro horas. Según un riguroso estudio de no sé que universidad resulta que los tipos despistados tienen más materia gris que el resto. Toma castaña. Tú y yo lo sabíamos. Ganas me dan de imprimir la noticia y pirarme a mi pueblo a restregársela a todos los maestros que me ponían en las notas que desaprovechaba mi potencial mirando las musarañas. Aprendí más de las musarañas que de vosotros, que lo sepáis. Aguanto el impulso más que nada porque no tengo impresora y porque estoy a 616 kilómetros de mi colé de E.G.B. Me pongo las gafas de sol, cojo las llaves y cierro la puerta de mi cueva. En el portal noto que una fuerza me atrae hacia el buzón. Nunca lo miro pues de mí solo se acuerdan los bancos pero me dejo llevar y lo abro. Entre las facturas descubro un pendrive. ¿Qué cojones pinta un pendrive en mi buzón? Durante un milisegundo fantaseo temerosamente con la posibilidad de que mi vida solo sea una tapadera tras la que se esconde una célula dormida del Mossad, la CIA o el MI6. Con lo que me gusta el tintorro sé que de Al Qaeda no soy ni de coñá. Voy a llegar tarde al curro pero me puede la curiosidad y vuelvo a subir los treinta y siete escalones hasta mi cueva. Conecto el pendrive al Mac y aprieto el esfínter sintiéndome como Neo en el comienzo de Matrix. En el pendrive no hay instrucciones para cargarme a Jimenez Losantos o al Pitbull ese. Es mucho mejor. No me merezco los colegas que tengo. Alguien se ha molestado en grabarme la discografía completa de los KISS. La vida es sabia y no da puntada sin hilo. Hoy va a ser un gran día.


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